lunes, 10 de marzo de 2008

DONDE EL ORO ES INSIGNIFICANTE


No sabría expresar con total seguridad por qué seleccioné el año 2050 como primer destino en mi viaje a través del tiempo. La conmoción del mismo tampoco ayudaba en lo absoluto al pensamiento.
Me sentía perdido, aturdido y agotado. Las pruebas realizadas con anterioridad no anticiparon en nada el impacto que tendría el desplazamiento temporal en mi sistema. Pero allí estaba, en el medio de lo que parecía ser una especie de estacionamiento desolado, exactamente a las 2:47 minutos de la madrugada del 25 de Enero del año 2050.
La ciudad era Caracas, y ese espíritu de inseguridad que se respiraba en mis tiempos lo seguía sintiendo en ese instante.
Justo al bajar de la máquina sentía que me estaban observando, y estaba en lo correcto. Practicamente de la nada salieron dos mujeres con un atuendo muy particular, y con una calma infinita me pidieron que les entregara, de buena manera, todas mis pertenencias. Era el colmo, no había pasado ni cinco minutos desde mi llegada y ya estaba siendo asaltado.
Sin ofrecer resistencia, ya que no sabía con seguridad que armas llevaban consigo las señoras, les entregué lo único que tenía conmigo: un bolso de cartero que contenía dos lingotes de oro puro, riqueza que a mi entender podía ser canjeada por dinero, en cualquier época y destino.
Para mi sorpresa, las mujeres me miraron perplejas y, con marcada violencia, me devolvieron el bolso. -Algo totalmente insignificante y obsoleto en verdad. Mi sistema operativo no tiene conocimiento sobre este objeto. Ha de ser muy antiguo. Una pena en verdad tener que formatear un prototipo tan conservado- exclamó una de ellas. Y sacando lo que parecía ser un tercer brazo del medio de su pecho intentó colocarme un dispositivo de entrada en mi ombligo. Sentí un golpe seco, que rompió mi camisa y lastimó mi piel. Al ver mi estómago, la especie de mujer robot que tenía al frente tomó una expresión de espanto, saliendo disparada por los aires en cuestión de segundos, seguida por su amiga.
No pude más. Despavorido regresé a toda velocidad a la máquina y coloqué mi destino de regreso.
Aliviado ya en el garaje de mi taller logré tomar algo de aire y tranquilizarme. Me levanté la camisa solo para comprobar que mi estómago seguía siendo normal. El ombligo estaba allí. Por un momento pensé que este se había transformado en una entrada de USB.

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